FOTO: La maldad programada
Las redes sociales han explotado la fragilidad psicológica de sus usuarios para crear algoritmos que potencien la radicalización, el extremismo y la violencia. Todo ello con un único objetivo: maximizar sus beneficios y la cuenta de resultados de sus empresas. Lo dice en Las Redes del Caos el periodista Max Fisher. No se replica lo que suene bonito, apacible o empático. Está estudiado y programado, se replica y se multiplica la violencia.
No es nuevo, tampoco es bueno.
En todo caso, es sufrir en forma colectiva el terror de la post verdad. Se construye sobre hechos o datos falsos y se instala como realidad indiscutida. En este caso y por el Mundial, los argentinos, todos, los de antes y los de ahora, somos racistas. La prueba irrefutable para quienes surfean todo lo que multiplique el odio en las redes es que en la selección no hay jugadores negros.
En el equipo de Senegal no hay ningún pelirrojo, pero nadie, todavía, los ha acusado de racistas.
El problema no es que en Argentina, como en cualquier país, haya racismo. Y xenofobia, discriminaciones, odio religioso y todas las maldades de la especie humana. Lo que es indiscutible es que Argentina es un país de un nivel de integración de los millones de inmigrantes que vinieron de todo el mundo que, en eso si, nos hace ejemplares.
Por eso en Argentina no es delito tratar a alguien de negro. Porque es lo mismo que tratar de tano, de ruso, de turco, de gringo. Que somos todos.
Nadie va a convencer a Samuel Jackson, gran actor afroamericano, de lo contrario. No se preocupó de revisar por qué no hubo esclavitud masiva en Argentina como sí la hubo en su país, ni cuándo se dictó la ley de libertad de vientres en Argentina, no le interesó que en Argentina las razas se mezclaron, nos mestizamos.
La posverdad es dogma, si no hay afros en la selección, son racistas.
Buen momento para pasar de lo colectivo a lo individual. Si a todos nos enoja, nos duele que estallen las redes con odio a los argentinos, que somos 47 millones, ponerse por un instante en una persona, en un adolescente, en una chica de 15 años victima de la mentira y la maldad de las redes.
En los estrados judiciales nadie es culpable hasta que se pruebe lo contrario. En la perversidad programada del algoritmo, nadie es inocente mientras la posverdad diga lo contrario.
Por Miguel Clariá.
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