Cómo pagar los abrazos que no se dieron

Opinión

Cómo pagar los abrazos que no se dieron

17/05/2022 | 11:58 |  

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Después de enterarse de que el presidente Fernández había logrado zafar del bochorno de la fiesta de Olivo pagando, un tucumano escribió una breve reflexión, que se viralizó.

"Haber sabido antes que con guita se arreglaba violar la cuarentena, muchos habríamos sacado un crédito para dar un último abrazo"

Hemos tenido la explicación técnica, muy precisa, de nuestro periodista abogado Fabio Ferrer. No podía el presidente acceder a ese beneficio de cerrar la causa con plata, porque era su propio decreto el que estaba violando.

Hay otras opiniones, obviamente, de quienes avalan el perdón para Fernández y su querida Fabiola, que brindaban con amigos y buen champán mientras los argentinos no podían ni acercarse a sus seres queridos internados. O muertos.

Es más, en el afán de marcar diferencias en la feroz interna del oficialismo, subrayan que necesitará tomar un crédito, porque no tiene ese dinero. Obvia alusión a su jefa política y vicepresidenta que podría pagar dos veces esa multa con un solo mes de jubilaciones de privilegio.

Como si el problema fuera, finalmente, si tiene o no dinero mal habido el presidente, y no, como corresponde, si abusó o no de la angustia, el dolor y el duelo de cientos de miles de argentinos a quienes trató de idiotas si violaban el encierro mientras él estaba de fiesta. Trató de idiotas a los que pugnaron por llegar a una terapia intensiva a despedir a un ser querido, para acompañar a una Solange, que murió en soledad mientras su padre, pobre idiota, intentaba infructuosamente llegar al sanatorio en Córdoba.

...Haber sabido antes que con guita se arreglaba, reflexiona, con bronca, el tucumano. Me temo que es peor que eso, amigo, con guita se arregla si sos Fernández o su querida Fabiola. Todo lo que pasó, todas las pérdidas irreparables, todas las muertes en soledad, todos los abrazos que no se dieron ya no hay como pagarlos aunque tuvieras crédito. Ya no hay como pagarlas y mucho más cruel, no hay como cobrárselas a los responsables.

Por Miguel Clariá.